El deber y la feria
Todavía no había comenzado los trabajos a entregar de las
asignaturas pendientes, ni me había molestado en ponerme a estudiar para el
examen, y ya quedaba apenas un mes para mi regreso a la vida estudiantil,
porque aun cuando las clases no empezaban hasta el 20 de septiembre, tenía mi
primera recuperación el 9.
Que no os engañe, era la primera vez que iba a septiembre, en mi defensa solo podía excusarme con que era el primer año de universidad, me había independizado, y en el último cuatrimestre me había poseído un alma pasotista que se empeñó en que todo ámbito relacionado con la uni era un mal menor y no merecía de mi atención y mucho menos de un esfuerzo por intentar ser una estudiante modelo. Así me vi con cinco cuadros pendientes en un fin de semana, con una asignatura que ni me molesté en mirar que había que entregar, y media en la que decidí que estudiar para examen no era buena opción.
Y ahí estaba a escaso mes para las fechas límites y no me había dignado ni a pensar sobre que pintar el bodegón.
Me refugiaría en la falta de motivación mientras veía como mis metas se iban al garete.
Agosto, en 9 días comenzaría la feria, esas fiestas que excusan desfase y borrachera de toda una provincia, en las cuales te pintas unos morros rojos, unas flores en la cabeza, y cualquier prenda de lunares hará que luzcas rociera y te camufles con la marea de gente. Detalles que te harían destacar y llamar la atención cualquier día de diario se convertían en ‘puntos obligatorios’ para un alma fieril.
Había tres etapas en la feria: feria del mediodía y la feria de la noche.
Al mediodía se iba al centro de la ciudad recorriendo todos los bares decorados con farolillos y banderitas, ibas a comer, pedías tu bebida a la que correspondía una tapa. Bueno al menos esa era la idea, la realidad se veía a grupos de gente con litronas por la ciudad y una excusa para beber al mediodía sin sentirte mala persona. También había puntos clave donde ponían música y bailabas entre la multitud como podías, a eso cercando la hora correspondiente a cenar tenías varias opciones: empalmabas y te ibas a cenar al recinto ferial directamente para continuar la juerga; te recogías bastante temprano de la comida para prepararte para cenar también en el recinto, pero sin empalme; o te volvías a casa próxima a la hora de cenar y comías en tu hogar mientras te prepararías para irte de fiesta o pasear por la iluminada feria de la noche.
La Feria de noche se veía diferente, era la hora de las familias, los peques aparecían por primera vez en las fiestas para montarse en los denominados ‘cacharros’ porque no tenía nivel de atracciones. Se paseaban, y andaban para ver el recinto que no tendría nada de nuevo, ya que todos los años se repetía.
Por otro lado, el recinto tenía la zona de las famosas casetas, que eran como salas de discotecas mal construidas y a reventar de gente, la noche era de los adolescentes que comenzaban a salir, y los más veteranos que no rechazarían una fiesta. Te clavaban el precio de la entrada que te dolía, e intentabas hacerte escuchar con tu círculo de amigos a pesar de los decibelios a los que te enfrentabas, hacías un intento de moverte y demostrar lo muy bien que se te daba moverte al ritmo de esa canción del verano que todo el mundo se sabía.
Y así, después de una semana concluiría este ritual de
colores, con resacas y mal cuerpo. Y como es tradición en esta pequeña y
particular provincia, ‘Cuando acaba la feria empieza el invierno’
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